Lords Of Atitlan


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Cosecha de Cafe

Capitulos




Conduciendo de Santiago Atitlán a San Lucas Tolimán una mañana en abril, pasando por las colinas redondas cubiertas de cafetos floreciendo, empezarán a comprender porque las cosechadoras de café tanto aman su labor. Los diminutos ramitos recubiertos de estrellitas blancas bañan las hojas enceradas de verde esmeralda, mientras la luz amarilla del sol las salpica tras las grabileas y otros árboles frondosos arriba. Párense en la parte más alta de la finca Pampojilá a finales de diciembre. Miren tras sus hileras rectas de cafetos brotando con frutos rojos al beneficio más abajo. Miren hacia la costa en la zona más baja apta para el cultivo del café.

Voltéense hacia el magnífico cerro Iquitíu, y donde quiera que miren, verán cafetos. Ahora sentirán con certeza porque a los trabajadores les encanta la cosecha. Si escalan Iquitíu y miran el cafeto cubriendo las colinas fantásticas del mundo de las hadas apareciendo como honguitos alrededor de San Gabriel y El Naranjo, ustedes mismos agarrarán sus costales y mecapales, amarrarán sus canastos por la cintura, y andarán cortando café.

En las altitudes más bajas que son aptas para el cultivo del café, cerca de las fincas Santo Tomás Perdido y Santa Teresa, se realiza la cosecha en noviembre y diciembre. Los trabajadores migrantes llegan desde todos lados: Joyabáj, Zacualpa, Sacapulas, y Chichicastenango del Departamento de Quiché, los pueblos indígenas de Mazate, y de Nahualá y su hogar ancestral, Santa Catarina Ixtahuacán, en el departamento de Sololá. La mayoría de las mujeres usa traje típico, y el cafetal se torna un festival internacional de color y cultura.

Desde el otro lado del Lago de Atitlán llegan las más pobres, jovencitas en huipiles color rojo llama o azul colibrí, desde pueblos de Santa Cruz la Laguna; Pajomel, Chuitzancháj, y Tzununá (“hogar del colibrí”). Estas jovencitas llegan a tierra caliente para empezar la cosecha y van subiendo conforme se maduran los frutos hasta llegar a los pueblos cercanos del lago, San Marcos, San Pablo, San Juan, y San Pedro en enero. Suben a sus casas a finales de febrero para realizar la última cosecha en altitudes donde el café de más calidad se siembra. Hacen que dos meses de trabajo lleguen a ser cinco, pero pasan la mayoría de este tiempo fuera de casa, asustadas, y extrañando a sus familias. Son una tristeza en el cafetal, donde la mayoría de los trabajadores migrantes llegan en familia, y siempre me alegra verlas de nuevo en sus hogares cerca de Santa Cruz.

A tres o cuatro kilómetros arriba de la carretera de Santa Teresa se encuentra la Comunidad San Jorge la Laguna. Hace unas generaciones, algunos ciudadanos de San Jorge la Laguna (una aldea más arriba en las montañas de Panajachel) compraron terrenos en este lugar luego de una época de buenas ventas de café. Más o menos una docena de familias vive allí todo el año en galeras decrépitas en dos áreas baldíos. Otras galeras salpicadas por las montañas reciben a los trabajadores temporales de la cuidad madre. La mayoría viaja a diario durante noviembre y diciembre desde San Jorge o Panajachel en la camioneta de Cocales. Usando el traje de lana de Sololá, recolectando café entre la fauna semi-tropical, se ven tan fuera de lugar como yo.

Nadie viaja mucho para llegar a la finca Pampojilá. Llegan desde la Colonia Pampojilá, Xejuyú, Panimaquíp, San Martín, y La Providencia, lugares cercanos. Los que hasta el huracán Stan en el 2005 habitaban en la finca llegan desde una nueva colonia que se construyó con la ayuda del Obispo
Gregorio Shafer y la Parroquia de San Lucas Tolimán: Colonia San Andrés.

Desde las colonias que colindan con San Lucas llegan otros, casi todos con vínculos con la finca desde hace generaciones. La cosecha de café en Pampojilá es un evento de toda la comunidad. Todos se conocen. Las mujeres de San Gregorio cortan café en grupos familiares primero, pero rodeadas de miembros de la comunidad. Es igual para los que llegan desde las colonias interrelacionadas de la Esperanza, Espencer, la Unión, y Nuevo Amanecer Uno y Dos. Entre los trabajadores hay diferentes caracteres y personalidades, mujeres de belleza asombrosa y fortaleza que asusta, con vínculos intrafamiliares desde hace generaciones. Familias enteras, de los infantes hasta los ancianos, participan en la cosecha. Los niños pequeños cargan niños más pequeños amarrados con perrajes o toallas en las espaldas. La mamá corta los frutos de las ramas más altas, los niños revisan las ramas en medio, y los niños de dos o tres años vacían la parte de abajo.

La abuelita se hinca en frente de sus canastos clasificando los frutos verdes, rojos, amarillos, y los secos de color café. Las ancianas pasean juntas a la par de paredes de piedra cubiertas con musgo debajo de los eucaliptos gigantes que enmarcan las calles antiguas. Pasan el tiempo cargando costales de entre 80 y 100 libras de café en sus cabezas. Las mujeres jóvenes cargan ya mucho más peso en la espalda y lo aguantan fácilmente. El trabajo es agotador, pegajoso, y duro; el ambiente, de pura alegría y celebración.

Cuando pase por primera vez por la puerta enorme de Pampojilá, caminé sobre su calle principal de piedra gruesa, y pasé por su elegante tanque con la torre de la campana reflejada en el agua, es imposible no notar la belleza y la historia del lugar. Caminando por las hileras de casuchas rodeando la calle y el tanque, también se aprecia algo de su miseria. Parado entre las ruinas de casas, la mayoría abandonada, y reflexionando sobre la capacidad de adaptación del hombre, hay que creer que se divirtió aquí, una buena diversión, y que aún se hace.

Los que llegan desde San Lucas y las colonias cercanas para cortar café por la mañana saben más de ello que yo. Muchos tienen antepasados que han habitado alguna de estas casitas. Comparten recuerdos de compañeros de trabajo fallecidos y antepasados en común, cuya presencia pueden sentir a la par en el trabajo. Aún imaginan a la abuelita en el tanque lavando, o el abuelito bajando el sendero bajo la carga del costal en la espalda. La anciana que hoy clasifica los frutos de café en el suelo un día recibió el pecho de su madre en el cafetal. Era la niña que cortaba frutos de las ramas más bajas. Sus recuerdos de otras ancianas clasificando café, lo que ahora ella hace, de alguna manera la mantienen perpetuamente joven. El punto llamativo de la cosecha es que les provee una experiencia de familia, comunidad, e historia a los trabajadores y los vincula de una manera viva con las generaciones anteriores.


Capitulo5

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